Wes Anderson es un director interesante. Un tipo que representa a las mil maravillas el estereotipo de lo cool: un moderno licenciado en Filosofía, que hace cine y que tiene unos gustos musicales y en el vestir guays. Sus films constituyen una paradoja: son elementos ineludibles para construir el universo fílmico de su realizador, pero este universo es, posiblmente, más atractivo que las propias películas…me explico. Cada obra de Anderson es un ladrillo que refuerza y consolida los presupuestos formales y narrativos, pero lo hace a base de añadir nuevas pruebas de ese estilo ya reconocible. Parece como si el director estadounidense tratara de mantener vivo el fuego de su huella dando más de lo mismo, a pesar de que ese más de lo mismo sea sugerente y de resultados notables.
Moonrise Kingdom es una película que se ajusta como un guante a eso que acabamos de describir. Se trata de un film demasiado autocomplaciente en su leve y perfumada transgresión de las normas clásicas de Hollywood. A Anderson se le deja ser un enfant un poco terrible, lo justo para amoldarse a la etiqueta de Indiewood: puede abrir Cannes y a la vez contar con un reparto que aspire a funcionar en taquilla. Personalmente, me encuentro cómodo viendo esta clase de cine, pero que nadie se confunda: ni Wes Anderson, ni Alexander Payne, ni Sofia Coppola ni gente por el estilo son los Godard, Antonioni y cía. de los grandes estudios.
En esta ocasión, Anderson narra un relato iniciático, de la mano de un niño scout con desequilibrios y carencias emocionales fruto de sus circunstancias personales. El chaval se escapa del campamento y emprende una aventura a pequeña escala con una chica de la que se ha enamorado, vecina de la misma isla donde está instalado el campamento. La búsqueda de los chicos, las relaciones entre éstos y los adultos, la propia excentricidad de esos mismos adultos, son los nudos que van encauzando la historia. La peripecia es una vez más, la excusa para que Anderson despliegue sus estilemas: humor entre lo absurdo y lo incómodo, planificación poca gradual (tan pronto se vale de un plano abierto como pasa a un primer plano), montaje sincopado, utilización de una banda sonora muy identificable en el imaginario melómano. Anderson al ciento por ciento.
Y eso no es malo, ni mucho menos. Wes Anderson es un director con talento, que maneja con soltura los distintos recursos del lenguaje cinematográfico, y que no le tiene miedo a las hibridaciones genéricas (comedia, drama, aventura) ni a las combinaciones intermediales (su cine bebe de muchas otras disciplinas artísticas). Pero, tras siete películas que han sentado con bastante precisión las bases de su cine, puede que haya llegado la hora de pedirle a Anderson que salga de ese territorio que domina y en el que se encuentra tan cómodo, para transitar otros caminos más desconocidos y quizá más fructíferos.

